Texto_Bru Romero
Horizontes que se nos destapan a nuestro alrededor, reflejando la pulsión humana, el simbolismo de lo transcendental y esas revelaciones que de manera mística, rebelde o erótica guían nuestros pasos por jardines que no siempre tienen follaje y frondosidad, pero sí el atractivo necesario para que queramos perdernos por ellos (para huir, encontrarnos o regodearnos) desde un amor brutal por lo frágil y resistente del ser humano, no por lo inhumano de tanta artificiosidad.

Cristóbal (Miel de Ideas)
«No pinto paisajes, sino cuerpos que son paisajes vestidos de erotismo.»
Toparnos con cualquier obra de este artista riojano cuyo principal encanto es permanecer en un medio anonimato, mientras sus hombretones se hacen con la escena, es una fiesta. Y es que sus arrebatos pictóricos homoeróticos, al son que marcan sus pinceladas o deliciosos garabatos en intenso azul (saturado y voluminoso para el acrílico y pastel, suave y detallado para el lápiz), conforman una trayectoria a mano alzada (nada de IA) tan hipnótica como plagada de sueños húmedos. Un paisaje bien representado por tiarrones, orejotas, mostachos, mucha carne, vello y músculo que alegran la vista y dan alas para volar y para aplaudir que el artista tras Miel de Ideas (Cristóbal) decidiera ir soltando sus trabajos como diseñador gráfico, especializado en packaging de vino, para retomar el dibujo, quizá como medio meditativo, quizá para escapar de lo digital, y abrir una ventana en Instagram (@mieldeideas) para airear el viciado mundo del arte sin esfuerzo. Así, su talento por el dibujo (que ya le acompañaba en la infancia y le llevó a estudiar ilustración en la Esdir de La Rioja) supone un verdadero torbellino de piezas geométricas y anatomías imposibles que beben de Picasso, del arte tribal o el cubista, modelos de arte clásico o chicos más anónimos que él, fotografías de moda, pósteres desplegables de revistas gay vintage, un gazpacho, Schiaparelli, Lauryn Hill o un tulipán. Con semejante orgasmo de referencias eclécticas cómo no caer rendidos antes estas obras perfectas para enmarcar en el saloncito-comedor, que son un poco poema, un poco porno.



Marco Laborda
«Me interesa pintar paisajes emocionales, lugares donde lo interior se vuelve visible.»
¿Qué pasaría si la figura humana dejara de ser retrato para convertirse en un paisaje interior? Pues que sabríamos, sin ningún tipo de duda, que estamos ante una obra de Marco Laborda. Un talento con el que el barcelonés ha apostado por una sensibilidad atmosférica tal que nos obliga a parar para escuchar ese silencio que, parece, nos resistimos a escuchar. Una invocación en tiempos de tóxica rapidez emocional que se sustenta en rojos terrosos, blancos translúcidos o azules envolventes y, a modo de organismos vivos, cuentan las historias de la memoria, enumeran los rastros de su construcción, y todo sin dejar de conservar esas heridas de guerra que son parte también de estos paisajes suspendidos o de esas figuras que son estados, una latencia. Un pintor totalmente autodidacta que bajo la influencia de su padre, el expresionista Joan Laborda, funciona a capas, germina explosivamente y madura como el buen vino o esa savia que llena espacios y reparte vida. Obras cargadas de una profundidad emocional que alimenta nuestra propia intensidad e invita a liberarnos, a encontrar nuestro propio ritmo, a contemplar nuestra propia vulnerabilidad y a ahondar en la geografía interna de la experiencia humana. Un Laborda ecléctico y amante de ese humanismo bien ejecutado, en el que las emociones se metamorfosean en atrayentes paisajes, en escenas tan inquietantes como serenas y donde el color se dispone sin miedo y sin tapujos porque a los latidos no se les debe poner frenos ni a los pensamientos y las vivencias de cada uno, tantas trabas.




Israel Barranco
«Crear es un acto espiritual.»
Si la juventud está volviendo a lo religioso, a una simbología y a una espiritualidad a la que aferrarse en momentos de cambio o transición, es porque precisamente es algo intrínseco de la querencia del hombre. De equilibrio entre simbolismo, espiritualidad y esencia humana sabe mucho Israel Barranco (@soyibarranco), artista visual que nos permite, a través de sus obras, entrar en estadios de contemplación y revelación, mientras lo abstracto y lo figurativo danzan a su propio albedrío. Así, este sevillano, formado en Educación y Trabajo Social, dejó que sus musas lo guiaran a través de un páramo natural hacia el arte y hacia el lenguaje pictórico como más sincera forma de expresión. Obras que le han servido en su proceso de transformación personal y autoconocimiento, logrando acercarle cada vez más a la complicada psique humana, que tiene lo suyo. Pinceladas sobre lino crudo, acompañadas por la poesía de textos de autores queer que magnifican el poder simbólico, evocador, vulnerable y, en ocasiones, hasta erótico del particular jardín que conforma la obra de Barranco. Umbrales hacia lo invisible que desde la memoria del cuerpo, la energía del entorno y el deseo por el deseo nos ponen en jaque, pues cada una de las pistas simbólicas que va dejando en el camino no son solo licencias pictóricas de artista con experiencia como terapeuta psicoexpresivo, sino visuales lecturas cargadas de conceptos que solo se desgranarán si el espectador tiene la sensibilidad necesaria para entender la memoria ancestral o la mística desde una sensibilidad moderna, que no se enseña en TikTok.

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