Texto_Jorge Bustillo
En los pasados Juegos Olímpicos de invierno, celebrados en Milán-Cortina, Italia, el pasado mes de febrero, 47 deportistas eran abiertamente gais. En la edición anterior, de 2022, fueron 36; en el 2018, 15, y en 2014, 7. La progresión indicaba que en 12 años el número se había incrementado en un 6%, toda una hazaña, teniendo en cuenta que el número total de deportistas que participaron en este evento se movía entre 2.900 y 3.500. Apuntar, además, que en los Juegos de París, los de verano, la cifra subía hasta 199. Ante el dato curioso de estas cifras, surgen de inmediato un par de preguntas: ¿por qué en este tipo de deportes, de las llamadas disciplinas de invierno, es mucho menos relevante proclamar que eres un deportista gay y en otras competiciones omnipresentes y tremendamente poderosas en el mundo del deporte, como el fútbol o el baloncesto, esta circunstancia permanece enquistada desde hace años?, ¿quién tiene más miedo, los propios deportistas o los poderosos equipos que sustentan estos círculos totalmente blindados?
Patinadores, jugadores de hockey, saltadores, nadadores…
Milán pasará precisamente a la historia del deporte por ser el evento deportivo internacional más abiertamente gay-friendly del colectivo LGTBIQ+, en el que nombres como la jugadora de hockey Hilary Knight, el velocista Conor McDemott o el francés Guillaume Cizeron de patinaje artístico han dejado huella en sus diferentes disciplinas, demostrando que ellos no tienen miedo a la respuesta social negativa por su orientación sexual. Se suman, así, a otros nombres, que también se convirtieron en comidilla global por ser gais, como el saltador de trampolín británico Tom Daley, que en 2013 años se convirtió en el deportista en activo más joven en declarar su amor por un hombre en el canal Youtube bajo el epígrafe Something I want to say [Algo que quiero decir]: «He conocido a alguien y… es un chico». Las portadas de los tabloides británicos reventaron las tiradas durante meses con una noticia que revolucionó a todo el mundo, explotándolo al máximo. En nuestro país, el jugador de waterpolo Víctor Rodríguez se convirtió en 2016 en el primer deportista de élite español en dar el paso. Gutiérrez ha confirmado que su decisión fue un alivio personal y un compromiso social para que la orientación sexual no importe en el rendimiento deportivo, algo que el británico Daley comparte a menudo en sus redes continuamente.
El fútbol, ese campo donde está prohibido decirlo
Al menos así parece ser en nuestro país, puesto que en el plano internacional nombres como el inglés Justin Fashanu (2009), el sueco Anton Hysén (2011), el alemán Thomas Hitzlsperger (2013), el australiano Josh Cavallo (2021) o el checo Jakub Jankto (2023) son de los pocos jugadores de fútbol que se atrevieron a desvelar su orientación sexual, alguno de ellos incluso en plena carrera deportiva. Sin embargo, en nuestra liga, tan solo el portero del Marbella, Alberto Lejárraga, jugador ahora del UD San Sebastián de los Reyes, confirmó que era gay cuando su anterior equipo subió de categoría y publicó una instantánea en la que se besaba con su novio. Todo se andará, dicen algunos, pero, de momento, a principios de años tan solo fue noticia en todos los medios nacionales la polémica suscitada tras un partido del Celta de Vigo frente al Sevilla CF en el que el jugador vigués Borja Iglesias fue el objetivo de insultos homófobos por un sector del público del Sevilla por pintarse las uñas, al que le increparon por romper con las normas tradicionales de masculinidad en el fútbol. Por el lado contrario, está el caso del fútbol femenino, una disciplina que va copando la importancia que se merece y en la que, por ejemplo, varias jugadoras de la selección española, como Irene Paredes, Alba Redondo, Teresa Abelleira, Esther González e Ivana Andrés son abiertamente lesbianas. Un camino donde ha costado demostrar la valía profesional de estas jugadoras, pero en el que parece que llevan una ventaja considerable con respecto al caso de los chicos. Aquí, feminismo y LGTBIQ+ van de la mano.
Cine y series, el mejor referente global
El reciente estreno en televisión de la serie canadiense Más que rivales, que tanta polvareda y polémica ha levantado en todo el mundo sobre todo por plantear una historia de amor entre dos jóvenes triunfadores del hockey masculino sobre hielo, ha focalizado una vez más la extraña y a veces turbia relación que se establece entre los deportes y el movimiento LGTBIQ+. Esta situación ha sido presentada sin ningún problema anteriormente por medios como la televisión y el cine, aunque dirigiéndola a un público preferentemente homosexual. En Más que rivales se muestra con acierto, aparte de estudiadas escenas sexuales que enfatizan la buena forma y los magníficos cuerpos cincelados de los protagonistas, una trama sentimental que discurre a lo largo de los años entre dos deportistas de élite (uno americano y otro ruso) en la que los encuentros sexuales articulan la vida deportiva y la supuesta relación de amor que se profesan.
El dato curioso que ha contribuido a la viralización
A favor de Más que rivales, destacar la curiosidad generada entre la población heterosexual, sobre todo entre las mujeres, que ha descubierto el lado más provocativo y erótico de una serie al ver a dos hombres teniendo relaciones sexuales. En el caso de los hombres heterosexuales, esto ya lo descubrieron en las escenas de sexo entre dos mujeres en el porno, digamos, tradicional. En su contra, sobre todo para el público gay, que salvo descubrir que los protagonistas sean realmente homosexuales –algo que desde la productora de momento no tienen intención de revelar–, no cuenta nada que no se haya abordado con anterioridad en las pantallas. ¿Lo descubriremos en una segunda temporada que ya está en preproducción?
Los títulos más recomendables
Para todos aquellos que quieran conocer producciones semejantes que concilien deporte y colectivo. y que han tenido como destinatarios preferentes al público gay, esta es nuestra selección:
The Pass (2016)
Uno de los primeros títulos en los que podemos disfrutar de la presencia de un jovencísimo Russell Tovey, y de sus primeras escenas en calzoncillos, en la que dos canteranos de un equipo de fútbol inglés verán condicionado su futuro profesional tras un inesperado beso.

Mario (2018)
Aunque un poco predecible, este título del suizo Marcel Gisler retrata con cierto el realismo de la homosexualidad y el fútbol profesional masculino. Ha sido elogiada por revelar una verdad muy presente en este deporte.
Los camarones de Diamantina (2019)
El lado cómico del conjunto homosexualidad/deporte presenta una curiosa situación en esta película en la que un entrenador homófono debe entrenar a un equipo gay de waterpolo. Para divertirse.
In Front the Side (2022)
Esta cinta, en la que dos jugadores de rugby han salido del armario, plantea la infidelidad conyugal en medio de una relación clandestina. Cuanto menos, curiosa.
Punch (2022)
Con el trasfondo del mundo del boxeo, un deporte totalmente masculinizado, el joven Jim se prepara para su primer combate profesional, una situación repleta de dudas que se verá comprometida cuando conoce a Whetu, un chico maorí gay. Muy bien valorada por la crítica.
Olympo (2025)
Esta serie española, ambientada en un centro de alto rendimiento deportivo, aborda el tema sexual entre iguales de una manera bastante normalizada con parejas de gais y lesbianas.