Alber Elbaz llegó al mundo de la moda con el objetivo claro de crear colecciones femeninas, que llenaran los armarios de las mujeres de sofisticación y ensueño. Su empeño por ayudarlas y «hacer que su vida sea mejor» se traducía en piezas elegantes y atemporales, que esperaba fueran para ellas fondos de armario con los que crear outfits para todas las ocasiones. Y la verdad es que al echar un vistazo a sus maravillosos vestidos, podemos constatar que, efectivamente, lo logró.

En una de sus últimas entrevistas, Alber Elbaz decía este pasado 2020 que no sabía «qué podía dar yo, cuando todo lo importante ya está dado». Sin embargo, su pérdida a los 59 años tras sufrir complicaciones por el COVID ha dejado en el mundo de la moda un vacío profundo que añora la bondad que tanto le caracterizaba (y es que, quizá, es justamente ese altruismo lo que nos deja de legado, que pesa igual o más que sus emblemáticos vestidos). De nacionalidad estadounidense, francesa e israelí, Alber Elbaz nació en Casablanca, Marruecos, un 12 de junio de 1961. El nombre de película de la que fuera su ciudad natal apuntaba ya entonces hacía el glamur que más tarde rodearía su vida. Tras estudiar en la Universidad de Ingeniería y Diseño Shenkar, en Ratman Gan, se mudó nada más y nada menos que a Nueva York, ciudad de rascacielos y sueños, que le permitió empezar un nuevo capítulo, el cual, de llevar nombre, se titularía algo así como «Nace una estrella». Nada más llegar, empezó a trabajar junto a Geoffrey Beene, estilista de renombre que vistió a las primeras damas Pat Nixon y Nancy Reagan, y después de estar siete años aprendiendo a su lado, llegó a una clara conclusión: la moda femenina era lo suyo.

En 1997 se trasladó a París para trabajar al frente de la dirección artística de Guy Laroche, hecho que ratificó que su talento empezaba a estar en boca de todos. Tan solo tres años más tarde, Pierre Bergé le pidió que ocupara el puesto de director del prêt-à-porter de mujer para la por aquel entonces tumultuosa Yves Saint Laurent, con la esperanza de que su ingenio devolviera a la maison a su antiguo esplendor. Sin embargo, su tiempo en Yves Saint Laurent fue tan intenso como breve; tras tan solo tres colecciones en las que quedaba plasmado el total y absoluto respeto del diseñador por la marca, Alber abandonó la casa parisina, justo cuando Tom Ford tomaba el relevo de su dirección (anticipando, de esta forma, que el mundo de la moda y su modelo de negocio estaban cambiando). Aún así, dejar Yves Saint Laurent atrás fue de todo menos un contratiempo; lejos de entorpecer el rumbo feroz que la carrera del estilista israelí estaba tomando, se convirtió en el punto de inflexión más importante de la trayectoria de Alber, quien no se equivocaba cuando decía no creer en las casualidades porque «todo pasa por alguna razón».

Como si del destino se tratara, pareciera ser que el universo necesitaba que Alber deambulara sin posición fija momentáneamente, para que así, cuando la llamada de Lanvin llegara a sus oídos, acudiera a ella sin dudarlo. Y así fue. En cuanto Elbaz se enteró de que la magnate ShawLan Wang quería comprar la casa de moda en cuestión, contactó con ella para decirle, según cuentan los rumores, que le dejara ayudarla a «despertar a la bella durmiente», y es que la que fuera una de las mayores maisons del panorama parisino antaño, estaba ahora sumida en un letargo paradójicamente desordenado. Fundada en 1889, en los años 50 empezó a cambiar de director creativo frecuentemente, en un caos constante que reflejaba su inestabilidad. Sin embargo, la llegada de Alber supuso para Lanvin algo así como una resurrección. Inmediatamente después de que adoptara la posición de director creativo, llamó la atención de famosos de la talla de Nicole Kidman, Natalie Portman o Tilda Swinton, y es que no en vano era la edad dorada de Hollywood su fuente de inspiración principal. Él dice que su objetivo era «unir lo bello y lo moderno», y lo logró con creces al darle una nueva vida a aquella prenda olvidada y tachada de arcaica: el vestido. Del parecer de que podía ser una pieza tan habitual y útil como un uniforme, Alber dotó a los vestidos de Lanvin de sensibilidad y elegancia, añadiéndoles todo tipo de accesorios como broches o pendientes, que aportaban al conjunto aún más grandeza, si cabe. Además, pionero en lo que a la moda del momento se refiere, Elbaz quiso también acercar la high fashion a los hábitos de consumo low-cost más en boga, y colaboró en 2010 con H&M.

No obstante, después de 14 años canalizando su prodigio a través de Lanvin, Alber abandonó la casa de moda en el 2015, alegando en una nota que se trataba de una decisión «de la accionista mayoritaria» en la que, aparentemente, él poco tuvo que ver. Fue entonces cuando Elbaz se decantó por dar masterclasses, alejándose de una escena en la que no encontraba su sitio, y en la que sentía que «si no tienes la talla S y 18 años, eres viejo». Volvería al ruedo en el 2019, con una colección de zapatos para Tod’s, y en el 2020 presentaría, al fin, otra colección, bajo un nuevo concepto llamado AZ Factory. Este último se alejaba de la que fuera su voluntad inicial; si cuando entró en el mundo de la moda se empeñó en renovar el vestido como pieza universal, con AZ Factory quería centrarse en las personas, y alejar el foco de las prendas. Decía que estas actuaban como una segunda piel, «porque hemos perdido la nuestra», y que si no lograba que estuviéramos felices, «tampoco vas a serlo de verdad con un vestido». En sus palabras estaba palpable la madurez y la sabiduría que su larga trayectoria le había otorgado, y no cabe duda de que, de haber podido, hubiéramos visto plasmadas estas reflexiones en muchas colecciones más.

Las mujeres fueron siempre sus musas, y estuvo siempre abocado a sus necesidades para la creación de todos sus diseños; eran ellas las que, a sus ojos, dictaminaban qué era importante, siendo él el encargado de «traducirlo al momento». Consciente de que la belleza de las pasarelas pocas veces era trasladable a un outfit del día a día, Alber quería con AZ Factory crear piezas atemporales que contaran con una autoría palpable, sin que esta fuera sinónimo de una prenda de difícil llevar. A pesar del momento desolador en el que nos abandonó (con desfiles vacíos que le hacían derramar «lágrimas grandes como diamantes»), nos gusta pensar que, al menos, el diseñador israelí pudo volver a la moda antes de irse para siempre, y retomar esa pasión a la que no daba rienda suelta
desde 2015. En una de las últimas conversaciones que tuvo con la revista Vogue, nos daba once lecciones de vida, y nos quedamos con aquella en la que, hablando de como «en lugar de transformar a las mujeres […] quiero hacer que se sientan queridas», decía que «hay demasiados “me gusta” en el mundo» y que, por lo tanto, «necesitamos más amor». Y estamos seguros de que, con tan solo un poco del suyo, hubiera bastado.

Texto: Laura Cámara

Posted by:Redacción Dear

Todos los hombres están en Dear. Todos.

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