Toda muerte es una pérdida, una muerte en sí misma, pero cuando hay talento de por medio resulta difícil de entender que también los humanos tenemos fecha de caducidad. Con la muerte de Paco Rabanne, no solo lloramos la pérdida de un diseñador fetén, sino un visionario que supo adelantarse a lo que aún ni había llegado, ni se esperaba.

Tantos años llevaban viviendo en Francia que se nos había olvidado que era vasco. Un guipuzcoano nacido en Pasajes, de padre coronel de las fuerzas republicanas y madre costurera para Balenciaga, que pronto tuvo que exiliarse junto a su familia en Morlaix, en la Bretaña. Un desarraigo que queda patente tras su muerte, al descubrir que ya nada le unía a España, más allá de la sangre que dejó de correr por sus venas.

Un diseñador que, empezando de cero, supo ir labrándose un nombre en el mundo de la moda de la mano de firmas como Pierre Cardin, Courrèges o Givenchy, que valoraban sus creaciones futuristas y totalmente innovadoras. Pequeños grandes pasos que le fueron dando a conocer, que le fueron abriendo puertas y llamando la atención de aquellas mujeres que no querían vestir como sus vecinas y que le permitieron llegar a consagrarse junto a Françoise Hardy, Audrey Hepburn o Jane Fonda en imágenes que quedaron para el recuerdo de los amantes de la miscelánea del show business.

Un coco de lo más creativo que no se achantó y transgredió cualquier norma preestablecida a golpe de platas metálicas, papel, PVC o plástico que usaba como materiales impensables en moda, pero que le reportaron tantas satisfacciones tanto entre sus colegas como entre ese público sediento de modernidad. Una modernidad que le llevó no solo a transgredir en lo textil, sino a ser profeta (y no, precisamente, en su tierra), pero además de verdad. Y es que, en los 90, llegó a predecir que tras un eclipse solar, la estación espacial MIR caería sobre París, algo que no ocurriría pero por lo que sus detractores le tildaron de loco, riéndose de una más de sus excentricidades. Y es que, Rabanne contaba que había visto a Dios en tres ocasiones, conocido a San Pablo y que se había reencarnado en un sacerdote egipcio y una prostituta de la corte de Luis XV.

A su gran ojo con el papel, el carboncillo y la aguja y el dedal se le unió su gran enemistad con diseñadores como Jean Paul Gaultier, del que decía que era incapaz de realizar un perfume femenino, pues un homosexual era incapaz de crear esencias para la mujer, ya que no las amaban; Galliano, del que destacaba su poco talento o McQueen, del que resaltaba su poca originalidad al ser un diseñador que copiaba viejas ideas ya pasadas de moda. Desencuentros que no opacaron el gran éxito de un diseñador que llegó alcanzar el cielo con los dedos, gracias a la línea de perfumes que, tiempo después compraría Puig, pero que le reportaría una verdadera fortuna de por vida.

Un diseñador que supo colgar su profesión en el mejor momento para dedicarse a otras actividades más placenteras como la pintura, que le fue recluyendo en su coqueta casa de Ploudalmézeau, en la costa oeste de Francia, mientras de vez en cuando recordaba su pasado como rutilante metalúrgico de la moda (así lo llamó Coco Chanel) y aquel anuncio de una Tercera Guerra Mundial motivada por motivos religiosos y contra los árabes que predijo y, con su muerte, esperamos corra la misma suerte que sus anteriores vaticinios. Zapatero a tus zapatos…, pero ¡qué zapatos, Rabanne! Descanse en paz.

Posted by:Bru Romero

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.

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