Podríamos estar ante una de tantas películas de agentes secretos con todo lo estrictamente necesario para hacer de su pesadilla, al servicio de quien sea, algo más fácil pero no, Kingsman: El Círculo de Oro es más de lo que podrías imaginarte. No es quizá la película del año pero sí, una de esas cintas que te convencen absolutamente del precio de su entrada y valen su duración y mejor rato en la butaca. ¡Señores, el entretenimiento está asegurado!

¿Quién le iba a decir al director Matthew Vaughn (Kick-Ass o X-Men: primera generación) y a la distribuidora 20th Century Fox que en un tiempo de superhéroes y villanos de comic e incluso un gran súper agente secreto (al servicio de Su Majestad) podría haber hueco para un Colin Firth mitad sastre, mitad agente secreto? Pues sí, sí lo había y es que la historia también basada en un cómic (The Secret Service de Mark Millar y Dave Gibbons) de los agentes Kingsman llegaba para quedarse en 2015, año en el que Firth no solo demostraba que también podía ser bastante solvente en escenas de acción sino que se sacudía de su traje confeccionado en Saville Road el estigma cinematográfico Bridget Jones.

Con Kingsman: El Círculo de Oro, la segunda parte estrenada hoy viernes en cines, la vuelta a la carga no se hace indecorosa ni aburrida como cabría esperar sino que se convierte en brillante, divertida y cargada de todos aquellos giros que hacen de 244 minutos de metraje en algo no solo más sufrido sino digno de ver. Aquí el protagonista ya no es Firth sino un maromo de esos curtido entre lo canalla y lo teenager y que no es otro que Taron Egerton. El actor galés al que Firth (o el agente Galahad) daba la alternativa en el ruedo espía y que coge el relevo ante el trágico final de la primera parte.

Con unos personajes ya más o menos bocetados, una organización conocida por el telespectador y un estilo que dista mucho de la clasista, extremadamente sofisticada e incapaz de reírse de sí misma, factoría Bond, los Kingsman con Egerton y sus impecables trajes a la cabeza, se enfrentan esta vez no a Samuel L. Jackson sino a una Julianne Moore en su versión más típicamente-americana-años-50 que pretende hacerse con el mando mundial por encima del Presidente de los Estados Unidos (una voraz crítica al señor Trump). Y en su ayuda aparecen los nuevos héroes de la saga… Los Statesman, destiladores de whiskey en su tiempo libre, homólogos de los Kignsman a tiempo partido.

Una película cuyo giro argumental nos deja pegados a la butaca, su elenco actoral secundario (Halle Berry, Channing Tatum, Jeff Bridges, Poppy Delevingne, Claudia Schiffer, solo en la versión original o, redoble de tambores, Elton John) nos despierta las ganas de saber más de cada uno de ellos (quizá se desaprovecha tanto talento) y las escenas de acción son pura magia ‘de libro de agente secreto’ con guiño Matrix. Una locura frenética y auténtica salida de la mente de un Vaughn en estado de gracia que no se repite y consigue encontrar el equilibrio perfecto, la fórmula del éxito que se disfruta sin convertirse, en ningún caso, en referencia pero sí en muesca más que honrosa de un revolver que dispara certero.

Un producto para todos los públicos que nos retrotrae al cine multiestelar de aquellos 70/80 en los que se experimentaba con nuevas maneras de atraer al público a las salas de cine y que en el caso que nos ocupa, no solo lo logra sino que consigue inocularte su espíritu hasta el punto de querer ser reclutado por los Kingsman allá donde se escondan, vestir como ellos y viajar de país en país sin dar tiempo a que nuestro pelo engominado se seque.

Un acierto confeccionado a la medida de una historia que supera a la antecesora, de unos héroes y villanos que se ganan a la taquilla, de un argumento que se reinventa y se dispone para sorpresa del espectador y que nos deja la puerta abierta a una tercera entrega que esperemos sea tan perfecta como esta joya intrascendente del cine europeo y formas de blockbuster yanqui.

Posted by:Bru Romero

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.

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