Muchos creerán que el éxito o fracaso de un restaurante está en su capacidad para innovar, para recuperar las tradiciones y hacerlas girar de manera renovada y abanderar punteras técnicas culinarias con las que revolucionar la cocina y agasajar a unos clientes cada vez más acostumbrados a todo. Nada que ver. El verdadero éxito de un negocio gastronómico es dar de comer y que el cliente, más allá de quedar epatado por la puesta en escena, vuelva y se lo cuente a familiares y a amigo. Un objetivo que en Gioia se consigue.

Ponemos rumbo al barrio de Chueca para celebrar que el chef Davide Bonato sigue manteniendo una propuesta original, con giros de lo más moderno, mientras nos hace sentir como en casa en este italiano de platos piamonteses que sabe adaptar con gran maestría y demasiado tino como para que nos resistamos a ellos (y no solo porque cuente con una recomendación Michelin y un Sol Repsol).

Un espacio íntimo y con mucho encanto donde los sabores italianos se funden con la experimentación oriental, que tanto interesa a Bonato, y que conforma una propuesta delicada, de profundo sabor y artesanal en lo que se refiere a la ejecución de cada uno de sus platos. Un Gioia en el que se celebra por todo lo alto u recientemente estrenado menú OTSUKARESAMA, que hace honor a su nombre pues agradece el esfuerzo y lo hace a través de bocados que en boca resultan sublimes.

Y es que Bonato se encarga de desmontar la extendida idea de que un italiano son pizzas, pastas y algún que otro gran éxito más, para cimentar toda una propuesta original llena de matices viajeros y mucho amor por el aprendizaje. Así, disfrutamos con su ahumado bocado de trufa fresca con crema de queso robiola de Piamonte y shimeji sobre un crujiente de arroz negro de la variedad integral Venere; su ‘spaghettino’ templado con burrata; el tartar de gambas rojas, cáscara de naranja, albahaca y reducción de crustáceos; los cubos de atún rojo del Mediterráneo marinados en salsa de soja, jengibre y vinagre balsámico de Módena; la ostra del delta del Ebro aliñada con semillas de tomate de Sicilia y un aguachile de rocoto, cilantro y lima; su especial ‘vitel toné’ con wagyu de Santa Rosalía hecho a baja temperatura, cortado en cubos y con una fantástica y ligera salsa de atún, anchoas, alcaparras y un toque de Crodino; sus tallarines a la trufa con finas láminas de la trufa rallada al momento, según temporada, yema de huevo y ‘cacio nerone’; los ‘capelletti’ estilo dumplin rellenos de cerdo ibérico, crema de setas de temporada, pak choi y coronados con un aire de ‘parmigiano reggiano’; el magret de pato al vino de arroz Shaoxing, avellana piamontesa y cáscara de naranja y el tiramisú para endulzar.

Una verdadera delicia al paladar maridada con una perfecta carta de vinos con referencias que se ajustan y completan las distintas salidas de un menú al que no se le puede poner queja, como tampoco al servicio que te hace sentir especial en un tiempo en el que el cariño y el trabajo bien hecho se valoran aún más. Una joya escondida en el más variopinto Chueca que necesita ser (re)descubierta por lo que nos llena, seduce, enamora y nos deja con ganas de más. Buena señal.

Posted by:Bru Romero

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.

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