Tras el reciente paseillo de Kim Kardashian sobre la alfombra del MET, muchos han sido los detractores que la han vapuleado bien fuerte no solo por «ultrajar» uno de los más icónicos vestidos de Marilyn Monroe, sino por confirmar que su presencia o no en la gala dependía de si, finalmente, conseguía perder los 7 kilos (en 21 días) necesarios para que las hechuras del vestido en cuestión no explotaban por los aires. Lo consiguió. Claro que lo consiguió. ¿No será Kim la sucesora de Norma Jean?

Los más fashionistas del barrio seguro que aún siguen sin palabras por el modeluqui que se gastó la más mediática de las Kardashian, con perdón de sus no menos mediáticas hermanas, el mítico vestido de seda cubierto de perlas creado por el vestuarista Jean Louis, partiendo de un diseño de Bob Mackie, que luciría Marilyn Monroe frente al presidente Kennedy cuando le cantó aquel ‘Happy birthday, Mr. President’ que dio la vuelta al mundo en 1962. Un vestido que desde su vitrina en el museo Ripley’s Believe It or Not! de Orlando acaparó toda la atención de una Kardashian caprichosa que sentía que ese tenía que ser el vestido con el que eclipsar a Anna Wintour y toda la panda.

Un look que vendría a eclipsar a otros looks de la socialité de origen armenio como aquel vestido corsé estilo ‘wet look’ de Mugler de 2019 y el de ‘Dementor’ de Balenciaga del pasado año, y al que en esta ocasión no harían sombra pues quién osaría a hacer sombre a la mismísima Monroe.

Un rendido homenaje con el que se pasearía el tiempo suficiente como para llegar al último de los escalones (una de las condiciones para llevarlo, junto a la de no llevar nada de crema sobre su cuerpo) y así poder deshacerse de un look que pese a sus esfuerzos draconianos no le quedaba como un guante, pues Monroe, a diferencia de Kardashian, no tenía culo. Hagan sus oscuras conjeturas y acertarán. ¿Pista? Ese abrigo de blanca piel (a modo de chal) del que no se separó ni un solo segundo.

Un vestido que era cambiado por una réplica cuando los ojos más avispados estaban distraídos, pues no hubiera habido ceros para paliar la tristeza que hubiera supuesto para su dueño haber destrozado aquella joya que tuvo que ser cosida al mismísimo cuerpo de Monroe, el día que lo llevó en el Madison Square Garden, un tesoro para los amantes de un Hollywood que ya no existe y que, en su momento, tampoco se tomó en serio a una estrella que quería dejar de estar encasillada.

No sabemos si Kim pensó en la intrahistoria de aquel vestido, de los miedos de aquella rubia bajo el escrutador foco a su persona y de si fue consciente del honor que suponía llevar esa seda y esas perlas sobre su cuerpo y no solo un mero antojo de niña malcriada que quería apuntarse el tanto frente a sus rivales, pese a que el vestido le quedara demasiado «grande».

Posted by:Bru Romero

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.

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