Qué tristeza da despedir a esos grandes talentos que han luchado por intentar (y conseguir) hacer de este mundo algo más práctico, más bonito, más humano. Con la muerte del diseñador francés Pierre Cardin, una parte de nuestro corazoncito más sentido se resiente aunque su leyenda (que ya comenzó a escribirse) siga su curso.

Hay personas que sentimos inmortales. Nos han acompañado tantos años, han sorteado tantos obstáculos y han estado con nosotros en tantos buenos momentos que pensamos que así va a seguir siendo hasta que el propio mundo deje de ser mundo. Pierre Cardin nos abandonó ayer, en medio de esta locura que está siendo la pandemia, y el mundo (junto a Francia) llora su pérdida. Nos abandonaba en un hospital del pijo barrio de Neuilly-sur-Seine, confirmándose el hecho de que, al final, todas las estrellas (por muy potentes y luchadoras que sean) van a apagarse. Aún así, la estela que deja es más que alargada.

La moda del siglo XX no se entendería sin su presencia y es que, a día de hoy, Pierre Cardin era el único de los diseñadores “clásicos” que seguía al frente de su propia marca sin que esta cayera a manos de empresarios solo interesados en hacer caja y sacar rédito de un gran nombre. Un ser libre que vistió a Dalí, a The Beatles, hizo desfilar sus diseños por la Gran Muralla china y la Plaza Roja de Moscú, apoyó la democratización de la moda cuando esta daba sus primeros pasos vestida de prêt-à-porter, se embarcó en el complicado mundo de las licencias para grandes centros comerciales cuando a pocos se les ocurría y en las colecciones para hombre cuando se creía que no había hueco para nosotros y nos vistió de puro y auténtico futurismo.

Una osadía tras otra que él supo canalizar de manera sobria y sin enloquecer y que le reportó no solo el aplauso de sus compañeros y las ganas por comprar de su fiel clientela sino una fortuna que ya hace años rondaba los 600 millones de euros (a la baja). Un sueño hecho realidad, el de aquel joven veneciano que provenía de una familia de agricultores arruinados que tras la primera gran guerra del siglo pasado probaron suerte en el país galo, y que con gran tesón y una cierta obsesión por la ambición laboral (para mirar a la cara con orgullo a aquellos que lo insultaban por extranjero) pronto se codeó con diseñadores como Jeanne Paquin, Elsa Schiaparelli o Christian Dior.

Unos años que le dieron el rodaje para que iniciados los 50, se hiciera con la empresa especializada en vestuario artístico Pascaud pues, años atrás, ya había probado suerte en esas lides al diseñar el vestuario y máscaras de La Bella y la Bestia por expreso encargo de Jean Cocteau y Christian Bérard.

Un recorrido coherente, imparable, plagado de mecenazgos y con un olfato que ya quisieran muchos para sus negocios que han hecho posible que hoy Pierre Cardin sea más que una marca, siga dando trabajo a más de 200.000 empleados en más de 100 países y se permite el lujo de mirarse con orgullo mientras otros como su discípulo Gaultier diga de él que por Cardin se hizo diseñador. Quizá la estrella se apaga pero nosotros seguiremos brindando, cada 29 de diciembre, en Maxim’s (también era suyo) por esas leyendas del mundo que nos dejan y nos hacen el mejor regalo que nadie nos puede dejar: su legado. ¡Hasta siempre, maestro!

Posted by:Bru Romero

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.

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